La noche no hubiese estado tan mal si no fuese porque algún bichito me acribilló la pierna. Nos levantamos bastante tarde, porque aprovechamos bien los sacos, y luego llegó la hora de darse un placentero baño matutino en el lago.
Los senderos atravesaban puentes colgantes, pasos entre grandes rocas a través de cavidades, e incluso algún arroyo del que me permití el lujo de beber directamente. ¡Qué rica!... ¡Agua de los Urales!
Al mediodia paramos en un bar aleman a la entrada del Parque, donde ya conocimos el día antes a Anastasia, una chica medio alemana-khazaja-rusa que con compartió el almuerzo con nosotros.
Más tarde, de vuelta a la ciudad y directos al hostel. Tras duchita y cena rápida en un super de 24 horas, nos dejamos llevar por el sueño con un buen camazo.
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