Llegamos a nuestra mitad del viaje y nos encontramos en un tren de largo recorrido, en tercera clase, con destino Yekaterinburgo.
Nuestras literas en la parte de arriba son tan estrechas, que las risas para poder acoplarnos la primera vez, nos duraron toda la noche. A Ismael los pies le sobresalían de la cama, así que no os cuento hasta donde llegaban los míos. Nuestro compartimento está ocupado por dos compañeros más, rusos de pura cepa: Sergei (una especie de constructor o carpintero le entendimos) y Yuriv, conductor de camiones.
Esa tarde, una rusas simpaticonas, comenzaron a darnos un poco de conversacion con eso de que alguna chapurreaba inglés. Bueno, chapurreo y lápiz y papel en mano para comunicarse incluso a base de jeroglificos... Ainss, hay que ser un verdadero as del Pictionary para transmitir una simple idea.
botellita de Vodka para animar el cotarro. En esta parte hay una anecdota muy graciosa, pero para contarla, en primera persona... Al final, la cosa quedó en que el alcohol no se vende en todos los sitios y tuvimos que comprarla bajo cuerda, ante vigilancia policial y miradas muy extrañas.
Decía antes que los rusos eran muy serios, pero cuando se saca la poción mágica llamada Vodka, todo se vuelve jaleo y parranda. En nuestra mesa ya nos esperaban 4 ó 5 participantes con caras sonrientes, entre ellos "el asesino", uno que entre rias y copas nos contó que acabada de salir de la carcel!! Se brindó en muchos idiomas y el vagón entero se contagió de la novedad y la circunstancia.... hasta que llegaron los señores de la gorra militar y aquello se convirtió en un velatorio. A alguno le pidieron papeles y se lo llevaron, la fiesta desapareció instantaneamente y todo el mundo se fue a dormir.
Ningún turista en el vagón, y toda una gran experiencia en esta integración con los auténticos rusos, que por supuesto intentaremos repetir!!
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