En la mañana nos pusimos en marcha para ver el plato fuerte de Moscú. Para empezar nos fuimos a la Plaza Roja de nuevo y nos pusimos en la cola para ver la momia de Lenin, que entre la gente que entraba por tandas y las medidas de seguridad nos llevó al menos hora y media.El aspecto de este señor lo vimos... algo envejecido y aunque impresiona bastante, no me dió la impresión de ser tan auténtico. Hoy dia, un muñeco de cera y una persona momificada apenas se diferencian.
Después nos fuimos para ver el Kremlin. El recinto amurallado donde se albergan las más importantes iglesias y edificios gubernamentales. Estas iglesias ortodoxas poseen importantes frescos, pero nada fuera de lo habitual, aunque mucho mejores que el interior de la catedral de san Basilio.
La Armeria decidimos no verla, ya que no quisimos pagar una entrada mayor en el kremlin. Y porque tambiéne estábamos hartos de ver tantas cosas.Con respecto a la comida, hemos llegado a la conclusión de que los rusos no tienen horas formales de comer. Simplemente se dedican a picar algo de comida rápida a distintas horas del dia. Los restaurantes que hay son tipo franquicias y terrazas para turistas, pero lo que más abundan son puestecillos en la calle donde venden, hamburguesas, perritos y diferentes tipos de hojaldres rellenos.
Luego recogimos las mochilas y nos encaminarnos a la estación de tren de Leningrado, a esperar la hora de nuestro último destino.
Los billetes de tren han confirmado su precio tan baratísimo que nos extrañó mucho. Es un tren con asientos pero sin camas. Así que a dar cabezadas en los asientos como podamos en las 9 horas que tarda el tren hasta San Petersburgo.
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